viernes, 11 de septiembre de 2015

Subiendo San Francisco (I)

Siguiendo el vuelo de mi familia desde Las Vegas llego a San Francisco. El vuelo no puede ser más espectacular, despidiendo el Strip de Las Vegas que queda como una isla en un gigante desierto, nos acercamos a un paisaje marciano que se tiñe de rojo solar en su tórrida superficie, es el Death Valley. Cubos y cuadrados formando escaleras separados por grietas provocadas por el escaso agua que queda o pudo haber. El aeropuerto me recibe con frío, a pesar de ser junio. El shuttle que nos va a llevar al hotel desde el aeropuerto no llega, la tensión entre mis amos va en aumento. Finalmente, y tras varias llamadas a España acabamos saliendo del aeropuerto en plena noche. La compañía era Go Lorrie's, por si algún día os cruzáis con ella.
Painted Ladies y yo
San Francisco es gigante y el trayecto nocturno en shuttle me muestra la cara menos amable de la ciudad, la de los "homeless" que pueblan muchos barrios céntricos como Tenderloin o Civic Center. Se han quedado fuera del sistema, no son peligrosos, pero desgraciadamente es la dura realidad y es lo primero que choca al llegar a esta megalópolis americana. Eso sí, a partir de ahora, cualquier esquina o cafetería parecen aquellas que hemos visto en tantas escenas de Friends o How I Met. Llegamos al hotel y salimos corriendo a por una pizza en un pequeño local en Powell Street. Allí no hay que romperse la cabeza con los tipos de pizza, Meat o Veggie, fácil y rápido. ¿Será como la pizza de Inside Out?

¡Buenos días San Francisco! Toca empezar la jornada con fuerza para ver todo lo que nos propone la ciudad, empezamos por un frapuccino. La primera decisión fue coger el ticket de transporte público para dos días, algo que parece casi obligado sólo viendo las cuestas que se avecinan. Obviamente un murciélago servidor no necesita.

Nos dirigimos a ver a las damas pintadas (The painted ladies), en Alamo Square. Un paseo agradable en la mañana por un parque en un barrio lleno de casas de estilo victoriano. Estas casitas pintadas de colores son parecidas al resto, pero esas seis se calcula que han aparecido en más de 70 series y películas. Por ejemplo, os propongo este regreso al pasado, las encontraréis a partir del 1:14, entre otras muchas más cosas de SFO. Sólo hay algo que está cambiando, el verde del parque se transforma en marrón por momentos, la terrible sequía que asola California manda.
El marrón es el nuevo verde, el impactante eslogan de la sequía
Estamos de nuevo en Powell Street con Market Street, de allí salen todas las líneas y allí me dirijo, sin embargo, no he sido el único que ha pensado así y la cola para coger el Cable Car se antoja muy larga. ¡Consejo! Sólo unos metros más arriba en Powell Street hay más paradas con muy poca cola, es cierto que no cogen a mucha gente los que vienen llenos, pero siempre suben al menos cinco personas. Sólo hay que subir un poquito, no es nada en la ciudad de las cuestas, y menos para un murciélago. El viaje nos lleva hacia Russian Hill, es la forma más bonita de ser bienvenido por la increíble orografía de la ciudad, no apta para coches con marchas manuales ni monopatines.
Cable Car y yo
¿Cómo funciona el Cable Car? Un motor de quinientos caballos mueble el cable que impulsa a todos los tranvías desde un centro de motores. Sus conductores sólo tienen que enganchar y desengancharse de ese cable para moverse, y frenar para parar. Por ejemplo, en las curvas el cable se desengancha y el vagón se deja llevar por su inercia.
Atasco en Lombard
Seguí la ruta del cable car desde fuera, llegamos a Russian Hill, un barrio de cuestas. ¿Y si hicieran una etapa de ciclismo por aquí? La parada obligada es Lombard Street, que como dicen que hay que bajarla en coche pues me metí en uno de ellos, máximo 10km/h. Un atasco con curvas único en el mundo. Una preciosa calle llena de flores en las que todo el mundo se hace la misma pregunta ¿Y quién vivirá en estas casas?. Por cierto, merece la pena visitar está calle en Google Maps. Aquí.
Lombard St. Desde donde se hacen las fotos
Tras reírme un rato por la gente haciendo cola para entrar en Lombard, me dirijo directo a Fisherman's Warf, a unos 10 minutos aleando, 20 andando. Planeo sobre las calles, ahora de bajada hasta casi chocarme con un "In N Out". Y no quiero hacer publicidad, pero este fast food californiano merece la pena, todo muy rico y muy bien hecho. Al menos eso dijeron mis amos, yo con una bebida roja me conformo. Panza llena continuamos el paseo por el mítico embarcadero de Fisherman's Warf. Un viaje al pasado que se acentúa si visitas el museo de máquinas de juegos de ferias americanas. Igualitas que en las películas, ¡uno casi piensa que son de mentira!.
Máquinas clásicas en el museo de Fisherman's
El encanto de Fisherman's
Desde aquí empiezo a divisar entre la oscura niebla mi destino de mañana, Alcatraz. Volvamos... ¡oh! ¡leones marinos! qué simpáticos, aunque ciertamente no son el alma de la fiesta: duermen, se pelean, duermen, se caen al agua, duermen. Empiezo a sentir que las gaviotas son mis enemigas, así que empiezo a replegarme entre los restaurantes de madera y casetas de feria del embarcadero.
Inquietante...
Leones marinos de rave
El camino de vuelta es largo, decido atravesar Chinatown arriesgándome a caer en algún puesto y que me secuestren o me vendan. Son las ocho y la oscuridad cae sobre las cuadradas manzanas de San Francisco, momento para buscar reposo y descansar para seguir quemando cielo al día siguiente. ¡No os lo perdáis porque iremos con compañía magnífica!
Cobo Calleja en San Francisco

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